Se muestran los artículos pertenecientes al tema Cuentos y demás historias.
El pasado...

178
Vivo siempre en el presente. El futuro, no lo conozco. El pasado, ya no lo tengo. Me pesa el uno como la posibilidad de todo, el otro como la realidad de nada. No tengo esperanzas ni nostalgias.
Conociendo lo que ha sido mi vida hasta hoy –tantas veces y en tantas cosas lo contrario de lo que yo deseaba, ¿qué puedo presumir de mi vida de mañana, sino que será lo que no presumo, lo que no quiero, lo que me sucede desde fuera, hasta a través de mi voluntad? No tengo nada en mi pasado que recuerde con el deseo inútil de repetirlo. Nunca he sido sino un vestigio y un simulacro de mí. Mi pasado es todo cuanto no he conseguido ser. Ni las sensaciones de los momentos pasados me resultan nostálgicas: lo que se siente exige el momento; pasado éste, hay un volver de página y la historia continúa, pero no el texto.
Breve sombra oscura de un árbol ciudadano, leve sonido de agua que cae en el estanque triste, verde del césped regular jardín público casi al crepúsculo, sois, en este momento, el universo entero para mi, porque sois el contenido pleno de mi sensación consciente. No quiero más de la vida que sentirla perderse en estas tardes imprevistas, al son de niños ajenos que juegan en estos jardines enrejados por la melancolía de las calles que los rodean, y frondosos, más allá de las ramas altas de los árboles por el cielo viejo donde las estrellas recomienzan.
13-6-1930
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.
La crisis según Einstein...

Trasteando por la red encontré, hace un par de días, un texto atribuido a Albert Einstein en el cual habla sobre la crisis. Me resultó muy interesante, muy inteligente (no podía ser de otra forma viniendo de quién viene). Un texto esperanzador, no sólo ante la crisis económica que se nos avecina, sino ante cualquier tipo de crisis que pueda sufrir el ser humano, ya sea emocional, espiritual, existencial...Leelo atentamente, y cree firmemente en tí...
mai selbor
La Crisis según ‘Einstein’
‘No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La
crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países,
porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia
como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la
inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera
la crisis se supera a sí mismo sin quedar ’superado’.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio
talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La
verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia. El inconveniente
de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y
soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una
rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis
donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es
caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es
exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de
una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no
querer luchar por superarla’.
Albert Einstein
Virussss.....
Ay qué resfriado tengo, ay qué malica estoy... y es es que tengo todos los virus tocandome las narices, nunca mejor dicho jajaja, así que como no tengo cabeza para pensar y la única palabra que me sale es manta, manta, manta... te dejo un video de cámera café para ilustrar mi situación. Quizá pruebe todos los remedios que recomiendan, porque irse no se ira el puñetero resfriado pero vamos que me dará igual...besos y virus...
mai selbor
...emociones...

Cuando las emociones no encuentran el camino para salir de mi corazón; cuando las palabras se me enredan y se pierden en este torbellino de sentimientos sin sentido, recurro a Pessoa, él me conoce, sabe lo que siento y cómo lo hago…
159
(…)Mi alma está hoy triste hasta el cuerpo. Todo yo me duelo, memoria, ojos y brazos. Hay una especie de reumatismo en todo cuanto soy. No influye en mí ser la claridad límpida del día, cielo de un gran azul puro, marea alta parada de luz difusa. No me ablanda nada el leve soplo fresco, otoñal como si el estío no olvidase, con que el aire tiene personalidad. Nada es nada para mí. Estoy triste, pero no con una tristeza definida, ni siquiera con una tristeza indefinida. Estoy triste allí fuera, en la calle sembrada de cajones.
Estas expresiones no traducen exactamente lo que siento porque sin duda nada puede traducir exactamente lo que alguien siente. Pero de algún modo trato de dar la impresión de lo que siento, mezcla de varias especies de yo y de calle ajena que, por lo que veo, también, de un modo íntimo que no sé analizar, me pertenece, forma parte de mí.
Quisiera vivir distinto en países distantes. Quisiera morir otro entre banderas desconocidas.Quisiera ser aclamado emperador en otras eras, mejores hoy porque no son de hoy, vistas en vislumbre y colorido, inéditas a esfinges. Quisiera todo cuanto puede tornar ridículo lo que soy, y porque torna ridículo lo que soy. Quisiera, quisiera... Pero hay siempre sol cuando el sol brilla y noche cuando la noche llega. Hay siempre la amargura cuando la amargura nos duele y el sueño cuando el sueño nos arrulla. Hay siempre lo que hay, y nunca lo que debería haber, no por ser mejor o por ser peor, sino por ser otro. Hay siempre... (…)
Fernando Pessoa (libro del desasosiego)
¿Quién eres?

Por Federico Kukso
Todo lo que existe perece. Hasta que surja alguien que logre torcer la constante universal más democrática, el fin último de todo habitante de este universo, de toda danza atómica y molecular que una vez engarzadas arman el molde de un organismo o de una cosa, será no la desaparición sino la transformación: no porque con la muerte biológica arrecie una tendencia disipatoria atómica hacia el vacío sino más bien porque con más frecuencia de lo que se cree los ladrillos básicos del universo encuentran –aun durante la vida o existencia de un individuo o cosa– nuevos compañeros de enlace, parejas de baile a estrenar. Y una vez en el ruedo levantan otro ser, otra piedra, otra gota de agua, otro planeta. Sólo pensar cuántas formas adoptaron nuestros átomos en su trajín pasma. De hecho, el 100% de los átomos que componen la estructura física de un hombre y de una mujer no son exactamente los mismos que aquella mochila de átomos con la cual uno estrenó su título personal de ciudadano del mundo.
Así, la constitución única del cuerpo humano, en verdad, no es más que una costra, una ilusión, un supuesto identitario que sirve más para pensarse de alguna manera único e irrepetible que un enjambre anónimo de millones y millones de invisibles y errantes átomos dispuestos espacial y temporalmente de una manera quisquillosa para formar algo o alguien. Por más crueles que puedan resultar para el ego, ejemplos como éste son datos crudos de la realidad, hechos que o bien actúan como máquinas de demolición de las personalidades más acérrimas o bien sirven para aunar en una especie de comunión cósmica con todo lo que existe y alguna vez existió.
“Somos polvo de estrellas”, fue la práctica frase-slogan que Carl Sagan acuñó para aludir lateralmente a esta condición atómica de la existencia y para referirse al linaje extraplanetario humano. No fue el título de un nuevo curso de filosofía esporádica sino más bien una respuesta estrecha al origen estelar de todo ser humano. Además de su luz estridente, los densos tirones gravitatorios que ejercen sobre todo lo que las circunda o su caprichoso rol protagónico en toda fábula astronómica, uno de los rasgos más insidiosos de las estrellas ronda en torno al privilegio creador que las distingue: allí, en su centro, es, al fin y al cabo, donde nacen –podría decirse también “se cuecen”– buena parte de los átomos que hoy llenan el universo más allá del hidrógeno y el helio. No hay otro lugar, ni fábricas alternativas. Las estrellas fueron y son el horno de lo que es, fue y será.
De ahí se entiende la idea de transitividad existencial: un átomo minúsculo de la punta de nuestro pie alguna vez pudo pertenecer a un cocodrilo africano, a un colibrí pampeano, a un murciélago ciego de Kuala Lumpur, al dedo meñique de Genghis Khan, a la nariz de Juana de Arco, a la ceja de Aristóteles, al bigote prominente de Nietzsche. Vaya privilegio. Es que todo cuerpo intercambia átomos con su medio; continuamente. Así fue desde el principio y se supone que será hasta el final. Los 92 tipos de átomos que hay en el universo luego de ser fabricados a través de las reacciones nucleares estelares saltan de un lugar a otro enlazándose y disipándose, uniéndose y divorciándose, sin importar quién o qué sea el destinatario momentáneo. Tan es así que se calcula que cada tres años el cuerpo humano renueva completamente todos sus átomos. Si se tuviera una mirada sustancialista de la vida, se podría arriesgar entonces que cada 36 meses uno es otra persona y, por ende, merecedor de un nuevo nombre y apellido, un nuevo punto de arranque para una nueva vida. Ante tanta renovación, se podría también llegar a divagar que ninguna sociedad se mantendría en pie. Sería el fin –al menos nominalista– del negocio de la cirugía estética, de los gurúes orientales promotores de salidas existenciales fáciles o el epílogo de las promesas vacías de los pastores brasileños que disparan esperanzas, risas y dudas a altas horas de la noche en televisión. El caos sería total y lo estático sucumbiría. Tal vez lo mejor sea, pues, suscribir a la tesis del famoso físico Freeman Dyson según la cual la vida radica más en la organización que en la sustancia.
Frente a la finitud de toda vida humana, los átomos –o mejor dicho sus núcleos– pasarían por eternos. Es más, si pudieran hablar serían capaces de vanagloriarse de su promiscuidad estructural: millones y millones de organismos existieron y se levantaron gracias a ellos. El tiempo está de su lado: por ahora nadie llegó a un número redondo, aunque el astrofísico Martin Rees calculó que un átomo –un núcleo– podría durar algo así como 1035 años.
Si eso no basta para sacudir la noción gestáltica del cuerpo, bien podría recurrirse a otro dato incuestionable de la naturaleza: aquello que percibimos como materia continua es en realidad una sustancia porosa y fugaz. Cada segundo que pasa un individuo es abandonado por casi 400 mil átomos que deciden partir y amarrarse a lo que encuentren afuera: a la cabeza de la cama, al asiento del colectivo, al hombro del vecino. No es para desesperarse si se considera que cada célula está constituida por 90 trillones de átomos. Lo que tal vez tumbe al más confiado sea enterarse de que uno es más vacío de lo que cree. No porque alguien lo acuse de hueco sino debido a la propia forma de ser de los ladrillos que nos componen: se calcula que si el átomo fuese un estadio, el núcleo tendría el tamaño de una pelota de fútbol. Así de insignificante es el pequeño y todopoderoso átomo, lleno de gloria y repleto de vacío. Multiplicado por los trillones de átomos que nos componen, la cuenta indicaría que estaríamos hechos de 99,999% de espacio vacío, y solamente 0,001% de materia.
Pero hay más: si se saltase de escala –del átomo a la célula–, lo efímero de nuestra constitución entraría en primer plano: tenga uno la edad que tenga, se sabe ahora que el cuerpo humano sólo goza de 10 años. La clave está en la renovación. Gracias a un nuevo método para calcular la edad de las células humanas un tal Jonas Frisen, biólogo del Instituto Karolinska de Estocolmo, Suecia, arribó a una estimación tal vez alentadora para aquellos que buscan todos los medios y excusas para sentirse jóvenes: por empezar, las células de los músculos que rodean las costillas presentan un promedio de edad de 15 años; las células que recubren la superficie del intestino, cinco días; las que rodean el estómago sólo duran tres días; los glóbulos rojos, 120; la epidermis, o capa superficial de la piel se recicla cada dos semanas; un hígado, cada 300 y 500 días; y se estima que el esqueleto completo se renueva aproximadamente cada diez años en los adultos.
Así, somos todo y somos nada: estos hechos no hacen más que sacarle canas a la bien fortalecida idea moderna del individuo, aquella que dice que uno es aquello que no es el mundo; uno es su cuerpo, frontera que delimita el afuera del adentro, la objetividad de la subjetividad, el “yo” del “ellos”. Algo tan simple y crucial; algo que necesariamente debe ser más que una frágil y tenue construcción del pensamiento.
oye que me ha gustado esto de poner música...
Ahora algo suave, extreme, noa, mary black eleanor...
skunk anansie
Hoy no tengo ganas de escribir, así que pongo música, es de un grupo que me encanta, me pone las pilas. Ya se separaron, aunque yo sigo escuchando a su cantante, skin, que sacó un par de discos más, es muy buena.
PESSOA

137.
Lento, en el claro de luna de la noche lenta, el viento agita allá fuera cosas que hacen sombra al moverse. No es quizá más que la ropa tendida en el piso más alto, pero la sombra, en si, no sabe de camisas y fluctúa impalpable en un acuerdo mudo con todas las cosas.
He dejado abiertas las contraventanas, para despertarme pronto, pero hasta ahora, y la noche es ya tan vieja que nada se oye, no he podido abandonarme al sueño ni estar bien despierto. Hay un claro de luna más allá de las sombras de mi cuarto, pero no pasa por la ventana. Existe, como un día de plata hueca, y los tejados de la casa de enfrente, que veo desde la cama, están líquidos de blancura ennegrecida. Como parabienes de lo alto a quien no oye, hay una paz triste en la luz dura de la luna.
Y sin ver, sin pensar, con los ojos ya cerrados sobre el sueño ausente, medito con qué palabras verdaderas se podrá describir un claro de luna. Los antiguos dirían que la luz de la luna es blanca, o que es de plata. Pero la blancura falsa de la luz de la luna es de muchos colores. Si me levantase de la
cama, y viese por detrás de los cristales fríos, sé bien que, en el alto aire aislado, la luz lunar es de un blanco ceniciento azulado de amarillo esfumado; que, sobre los tejados varios, en desequilibrios de negrura de unos para con otros, ya dora de blanco negro las casas sumisas, ya alaga de un color sin
color el encarnado castaño de las tejas altas. En el fondo de la calle, abismo plácido, donde las piedras desnudas se redondean irregularmente, no tiene color salvo un azul que procede tal vez del ceniciento de las piedras. Al fondo del horizonte será casi de azul oscuro, diferente del azul negro del cielo del
fondo. En las ventanas en que da, es de un amarillo negro.
Desde aquí, desde la cama, si abro los ojos que tienen el sueño que no tengo, es un aire de nieve vuelta color en el que flotan filamentos de madreperla tibia. Y, si lo pienso con lo que siento, es un tedio vuelto sombra blanca, que se oscurece como silos ojos se cerrasen sobre esa confusa blancura.
Libro del Desasosiego. Fernando Pessoa.
PD: ¿De qué color son tus noches?
60.
Entré en la barbería de la manera acostumbrada,con el placer de serme fácil entrar sin embarazo en las casas conocidas.Mi sensibilidad de lo nuevo es angustiosa:tengo calma sólo donde ya he estado .Cuando me senté en la butaca,pregunté,por un acaso que recuerda,al muchacho barbero que me estaba poniendo al cuello un paño frío y limpio ,qué tal le iba al compañero de la butaca de la derecha,más viejo y con ingenio,que estaba enfermo.Le pregunté sin que me apremiase la voluntad de preguntar:se me ocurrió la oportunidad por el local y el recuerdo."Se murió ayer",respondió sin entonación la voz que estaba detrás del paño y de mí,y cuyos dedos se levantaban de la última inserción en la nuca,entre mí y el cuello de la camisa.Toda mi buena disposición irracional se murió de repente,como el barbero eternamente ausente de la butaca de al lado.Hizo frío en todo cuanto pienso.No dije nada.
Añoranzas!!Las tengo hasta de lo que no ha sido nunca mío,debido a una angustia de fuga del tiempo y una enfermedad del misterio de la vida.Caras que veía habitualmente en mis calles habituales,si dejo de verlas,me entristezco;y no han sido nada mío,a no ser el símbolo de toda la vida.
¿El viejo sin interés de las polainas sucias,que se cruzaba frecuentemente conmigo a las nueve y media de la mañana?¿El vendedor de lotería cojo que me molestaba inútilmente?¿El vejete redondo y colorado del puro a la puerta de la tabaquería?¿El dueño pálido de la tabaquería?¿Qué se ha hecho de todos ellos,que,porque los ví y volví a verlos,fueron parte de mi vida?Mañana también desapareceré yo de la calle de la Plata,de la calle de los Doradores,de la calle de los Lenceros.Mañana ,también yo-el alma que se siente y piensa,el universo que soy para mí-si,mañana yo también seré el que dejó de pasar por estas calles,el que otros vagamente evocarán con un"¿qué será de él?"Y todo cuanto hago,todo cuanto siento,todo cuanto vivo,no será más que un transeúnte menos en la cotidianeidad de las calles de una ciudad cualquiera.
Libro del Desasosiego.Fernando Pessoa.
Artículo escrito por David Cantero
¡MALDITO CRETINO! -me dice el yo que llevo dentro-. ¿A que viene esto? ¿De que te lamentas?, ¿de no tener que llorar? ¿Cómo te atreves? Me pregunta, por ejemplo, mientras escribo o hablo sobre el ultimo caso conocido de violencia domestica (que forma tan sutil hemos aceptado para denominarlo). Sobre el ultimo macho enfurecido que la ha emprendido a machetazos, así, sin más, con la que consideraba la hembra de su propiedad. Sobre el que le ha lanzado algun ácido a la cara, o el que la ha estrangulado, o el que ha matado a sus hijos para vengarse o desahogarse, o el que la ha atormentado hasta la muerte. Sin piedad. Quién sabe qué razones alegarán los asesinos para justificar sus crímenes, ante sí mismos, ante la policía, ante la justicia, si es que creen tenerlas y llega para ellos ese momento.
DETRAS DE ESAS NOTICIAS, de los textos, de los nombres que nombramos, hay situaciones y seres reales. Mujeres que viven vidas así de desgraciadas. Yo no se que responderme, pero me averguenzo de mi actitud, de mi estupidez, de mi ineptitud, e intento perdonarme. Eso ya es sentir de algun modo, aunque sea culpabilidad por mi impotencia, absoluta repugnancia por él, y mucho mas que compasión por ella. Por ella y por todas las mujeres que arrastran silenciosas los padecimientos de la violencia machista. Estén soportándola en el pavoroso olvido, pagandola en una UCI o ya hayan dejado de sufrirla tumbadas en el interior de un féretro.
CUANDO PIENSO EN ELLAS, en algún remoto escondrijo, muy dentro de mi, los rescoldos de mi alma adormecida empiezan a avivarse. Me siento afortunado por no ser uno de ellos, por haber sabido evitarlo, por haber recibido la educación oportuna para que la vileza jamas llegara a seducirme, si es que alguna vez lo intentó. Como les sucede a tantos hombres. Cuando pienso en ellas, en esa legión de maltratadas, siento dicha por la mujer que duerme a mi lado, porque ella no sea una de las víctimas. Y me asusta pensar lo cerca que, tal vez, pudo estar de serlo alguna vez al lado de otro individuo. Como les sucede a tantas mujeres. Y a la vez, aunque sólo sea por un instante, siento todo su dolor. Esa zozobra consigue conmoverme y vuelvo a sentir, aunque sea asco.
Fuente: ELLE. David cantero.
la tabaqueria
| Fernando Pessoa |
| Tabaquería |
| No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo. Ventanas de mi cuarto, de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es (y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?), dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente, a una calle inaccesible a todos los pensamientos, real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente, con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres, con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres, con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada. Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme y no tuviese otra fraternidad con las cosas que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle la fila de vagones de un tren, y una partida pintada desde dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida. Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado. Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. He fracasado en todo. Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada. El aprendizaje que me impartieron, me apeé por la ventana de las traseras de la casa. Me fui al campo con grandes proyectos. Pero sólo encontré allí hierbas y árboles, y cuando había gente era igual que la otra. Me aparto de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué voy a pensar? ¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy? ¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas! ¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede haber tantos! ¿Un genio? En este momento cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo, y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno, ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras. No, no creo en mí. ¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas convicciones! Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más convincente o menos convincente? No, ni en mí... ¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo no hay en estos momentos genios-para-sí-mismos soñando? ¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas -sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-, y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero ni encontrarán quien les preste oídos? El mundo es para quien nace para conquistarlo y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón. He soñado más que lo que hizo Napoleón. He estrechado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo, he pensado en secreto filosofías que ningún Kant ha escrito. Pero soy, y quizá lo sea siempre, el de la buhardilla, aunque no viva en ella; seré siempre el que no ha nacido para eso; seré siempre el que tenía condiciones; seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta y cantó la canción del Infinito en un gallinero, y oyó la voz de Dios en un pozo tapado. ¿Creer en mí? No, ni en nada. Derrámame la naturaleza sobre mi cabeza ardiente su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello, y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga. Esclavos cardíacos de las estrellas, conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama; pero nos despertamos y es opaco, nos levantamos y es ajeno, salimos de casa y es la tierra entera, y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido. (¡Come chocolatinas, pequeña, come chocolatinas! Mira que no hay más metafísica en el mundo que las chocolatinas, mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería. ¡Come, pequeña sucia, come! ¡Ojalá comiese yo chocolatinas con la misma verdad con que comes! Pero yo pienso, y al quitarles la platilla, que es de papel de estaño, lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.) Pero por lo menos queda de la amargura de lo que nunca seré la caligrafía rápida de estos versos, pórtico partido hacia lo Imposible. Pero por lo menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas, noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro la ropa sucia que soy, sin un papel, para el transcurrir de las cosas, y me quedo en casa sin camisa. (Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas, o diosa griega, concebida como una estatua que estuviese viva, o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta, o princesa de trovadores, gentilísima y disimulada, o marquesa del siglo dieciocho, descotada y lejana, o meretriz célebre de los tiempos de nuestros padres, o no sé qué moderno -no me imagino bien qué-, todo esto, sea lo que sea, lo que seas, ¡si puede inspirar, que inspire! Mi corazón es un cubo vaciado. Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco a mí mismo y no encuentro nada. Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad, veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan, veo a los entes vivos vestidos que se cruzan, veo a los perros que también existen, y todo esto me pesa como una condena al destierro, y todo esto es extranjero, como todo.) He vivido, estudiado, amado, y hasta creído, y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no ser yo. Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira, y pienso: puede que nunca hayas vivido, ni estudiado, ni amado ni creído (porque es posible crear la realidad de todo eso sin hacer nada de eso); puede que hayas existido tan sólo, como un lagarto al que cortan el rabo y que es un rabo, más acá del lagarto, removidamente. He hecho de mí lo que no sabía, y lo que podía hacer de mí no lo he hecho. El disfraz que me puse estaba equivocado. Me conocieron enseguida como quien no era y no lo desmentí, y me perdí. Cuando quise quitarme el antifaz, lo tenía pegado a la cara. Cuando me lo quité y me miré en el espejo, ya había envejecido. Estaba borracho, no sabía llevar el dominó que no me había quitado. Tiré el antifaz y me dormí en el vestuario como un perro tolerado por la gerencia por ser inofensivo y voy a escribir esta historia para demostrar que soy sublime. Esencia musical de mis versos inútiles, ojalá pudiera encontrarme como algo que hubiese hecho, y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente, pisoteando la conciencia de estar existiendo como una alfombra en la que tropieza un borracho o una estera que robaron los gitanos y no valía nada. Pero el propietario de la tabaquería ha asomado por la puerta y se ha quedado a la puerta. Le miro con incomodidad en la cabeza apenas vuelta, y con la incomodidad del alma que está comprendiendo mal. Morirá él y moriré yo. Él dejará la muestra y yo dejaré versos. En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también. Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra, y la lengua en que fueron escritos los versos, morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto. En otros satélites de otros sistemas cualesquiera algo así como gente continuará haciendo cosas semejantes a versos y viviendo debajo de cosas semejantes a muestras, siempre una cosa enfrente de la otra, siempre una cosa tan inútil como la otra, siempre lo imposible tan estúpido como lo real, siempre el misterio del fondo tan verdadero como el sueño del misterio de la superficie, siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra. Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿a comprar tabaco?), y la realidad plausible cae de repente encima de mí. Me incorporo a medias con energía, convencido, humano, y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo lo contrario. Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos. Sigo al humo como a una ruta propia, y disfruto, en un momento sensitivo y competente, la liberación de todas las especulaciones y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de encontrarse indispuesto. Después me echo para atrás en la silla y continúo fumando. Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando. (Si me casase con la hija de mi lavandera a lo mejor sería feliz.) Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana. El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el cambio en el bolsillo de los pantalones?). Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica. (El propietario de la tabaquería ha llegado a la puerta.) Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y me ha visto. Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído. |

